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69 -

Referencia: 134040
Autor: ANDRES RUEDA
Medidas(cm): 73x60
Técnica: OLEO SOBRE LIENZO
Peso aprox.(kg): 0

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Lot description

Óleo sobre lienzo.
Medidas sin marco 73x60 cms.
Obra CERTIFICADA y lista para colgar.
Marco en madera decorado.
Magnifico estado.
Embalaje profesional.
Número de seguimiento para su control.
 
Andrés Rueda nace en Piedrahita (Ávila) en 1956. Desde muy joven se siente profundamente atraído por la pintura impresionista y, desde pintor en las calles, se va abriendo camino hasta exponer en galerías como Galería Hanson (California), Galerie Lauswolf (Holanda), Hanson Gallery (Estados Unidos), Eboli (Madrid), Sala Braulio (Castellón), etc... Hasta llegar a una dimensión de ser reconocido como uno de los mejores pintores impresionistas de nuestra época. Su obra se encuentra distribuída por España, Alemania, Argentina, Francia, Luxemburgo y Londres entre grandes coleccionistas de arte. Cuando Renoir llegó a decir que el objeto de un cuadro consistía simplemente en decorar una pared y por eso era importante que los colores fueran importantes por sí mismos, no era sino el reconocimiento del carácter marcadamente hedonista de la pintura impresionista. No era sino encender el pincel en el lienzo de tantos ilustres pintores que nos han dado desde entonces la historia del arte y que emerge hasta nuestros días, llevado con una fidelaidad exquisita por Rueda. Antes bién, no se debería hablar de pintura impresionista sin que la memoria visite uno de los principales elementos suministrador de datos para este movimiento: la aparición de la cámara fotográfica y la influencia en su desarrollo. Desde la época de Renoir, Monet, Pizarro o Sisley, entre otros, hasta nuestros días el avance de las técnicas de la reproducción de imágenes ha sido vertiginosa y de las que han hecho uso todos los pintores hasta nuestros días, y como buen impresionista (en las más de las veces), neoimpresionista o posimpresionista en otras, Rueda consigue un uso magistral de las mismas. Con esto no quiero decir que Rueda no observe el paisaje, con sus colores, el momento de luz, más allá de las formas que subyacen sobre él, su luminosidad, los colores que rodean a los colores con su poder evocador (de sensaciones, viviendas y recuerdos), los contrastes o los objetos de naturaleza, no en su corporeidad, sino en la disolución cromática que provoca en ellos la luz, el sol y el aire, hasta llegar a encontrar en su obra algunos aspectos del puntillismo. La mirada de Rueda penetra en la naturaleza, en el paisaje urbano o agreste, las fotografías y, tras un elaborado proceso informático, los contornos se disuelven en medio de la niebla y de la pesada atmósfera que tan sensiblemente ha sabido captar, de tal suerte, que la cúpula de la catedral de San Marcos nunca ocuparía un lugar secundario en una pintura figurativa. Utilizando una pincelada decididamente suelta y rota, pone especial énfasis en los acentos de luz que se reflejan en el agua para captar el centelleo y los efectos de esa luz y, con un leve, pero poderoso velo unifica la escena. La destrucción de las formas las lleva a un sutil juego del agua con las nubes o las flores desparramadas de los jarrones o las mañanas de niebla, disgregando el perímetro de los objetos, en un lírico intento de llevar una fiesta de luz y de color (de colores puros con frecuencia). De ahí que en su pintura haya más de sentimiento que de academicismo y de ahí, también, que se encuentre siempre rodeado de poetas, porque su pintura es poesía misma.
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